La lacerante negritud de los ojos de Bolívar

Los ojos abiertos mientras flotaba desnudo en la bañera hizo creer a su fiel ayudante, José Palacios, que estaba ahogado, pero poco tardó en percatarse que aquella perdida mirada era la habitual en sus recurrentes y prolongados lapsos de meditación.

Con esta descripción de su mirada, Gabriel García Márquez, da comienzo a la novela El General en su Laberinto, y muestra una de las cualidades más distintivas y definitorias de la personalidad de Bolívar, cual es su capacidad para comunicar carácter, ánimo y altivez intelectual con la sola icónica gestualidad de sus negros ojos.

“Terminó afeitándose a ciegas sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues procuraba verse en el espejo lo menos posible para no encontrarse con sus propios ojos”, relata García Márquez.

Era la mirada lacerante de Bolívar. Tan inquieta, afable, distraída y cortante, que Francisco Herrera Luque en la prolífica recopilación de apreciaciones en torno a esos febriles ojos, en el ensayo Bolívar de carne  hueso, destaca el temor del Padre de la Patria a su propia mirada en momentos aciagos.

Ninguno de sus edecanes, amigos y enemigos podía esquivar los ojos de Bolívar. Hablar del Padre de la Patria era describir sus ojos. Herrera Luque cita a Ricardo Palma, quien interrogó a innumerables personas que lo conocieron.

“El Libertador es excesivamente nervioso e impaciente: se movía todo el tiempo. Sus ojos renegridos saltaban constantemente de un sitio a otro dando el efecto de no prestarle atención a su interlocutor”, exclama.

Herrera Luque, quien es psiquiatra, explica: “El hombre, y él no es la excepción, a pesar de la mutabilidad de su psicología, presenta una amplia franja de rasgos perennes e inmodificables. Lo más notorio y constante en el Libertador es el fulgor de su mirada”.

“Sus ojos retintos centelleaban continuamente trasluciendo toda la gama de sentimientos  emociones de que era capaz aquel hombre de corazón al descubierto”, destaca José Antonio Páez. “Sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de sus ojos”.

Herrera Luque escribe que igual opinión tenia Jean Baptiste Boussingault (1802-1887), químico y minerólogo francés, discípulo de Alexander Von Humboldt, que en 1822 viaja a la Nueva Granada como parte de un proyecto educativo y científico diseñado por Simón Bolívar, orientado al progreso de las nuevas repúblicas.

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